Jul. 02 2010 | JOSÉ ENRIQUE DE AYALA. General del Ejército de Tierra en la reserva Afganistán: ¿la última oportunidad?
Es notorio que a la mayoría de los países que tienen tropas en Afganistán les gustaría retirarlas, incluido EEUU, cuya contribución al esfuerzo militar es imprescindible. Y es evidente que lo harán. La cuestión es cuándo, por supuesto, y -sobre todo- lo que dejarán tras de sí cuando se vayan. Es decir, si el objetivo -o los objetivos- que tenían cuando intervinieron militarmente y luego emprendieron el camino de la reconstrucción y el state-building se habrá alcanzado y podrá mantenerse de un modo razonable.

La conferencia de Londres, el próximo día 28, será una oportunidad de oro para fijar los cambios estratégicos en el tratamiento de este conflicto, ya apuntados por el presidente Obama el 1 de diciembre, y para marcar las acciones y la agenda que harán teóricamente posible su éxito y permitirán la deseada retirada.

Una condición imprescindible para que ese éxito se produjera sería que todos los participantes en la conferencia tuvieran muy claro lo que se quiere conseguir. Si el objetivo es confuso o difuso, ninguna estrategia puede tener éxito. Si es adecuado, debe contener una descripción clara de la situación final deseada de la cuestión, que debe ser realista, alcanzable y satisfactoria para los fines propuestos ¿Sabemos cuál es exactamente la situación final deseada en Afganistán? ¿Que Karzai controle completamente el país es un escenario realista, alcanzable y satisfactorio?

Además de que pudiera haber algún interés más o menos velado, como el de llevar a cabo una represalia que la sociedad estadounidense exigía por los atentados del 11-S, el objetivo declarado de Washington al atacar Afganistán, en octubre de 2001, era desmontar el Estado talibán que había dado refugio y apoyo a los terroristas de Al Qaeda para evitar que este apoyo continuara, la organización terrorista se reforzara y los atentados pudieran repetirse.

Una vez completada la derrota inicial de los talibanes, la Administración de Bush apeló a los aliados para completar la transformación del país. Por un lado, la persecución de los miembros de Al Qaeda y los talibanes que aún resistían, objetivo de la operación Libertad Duradera y, por otro, la ayuda a la seguridad y la reconstrucción encargada a la ISAF. La conferencia de Bonn diseñaba en diciembre de 2001 el camino hacia una situación final deseada de un Estado democrático centralizado y fuerte, respetuoso de los derechos humanos, libre de narcotráfico, que pudiera convivir pacíficamente con sus vecinos. En este escenario, los talibanes simplemente no contaban y debían ser neutralizados o eliminados. Por eso la conferencia de Bonn no fue una conferencia de reconciliación, sino de vencedores, y en ella los señores de la guerra -que habían contribuido a la victoria- obtuvieron importantes compensaciones que ahora se hacen sentir sobre la debilidad del Gobierno central.

Pronto, el choque con la dura realidad hizo este objetivo inicial demasiado ambicioso. Han pasado ocho años y los talibanes no han cesado de reforzarse y la confianza en el Gobierno central no ha dejado de deteriorarse entre el pueblo afgano. Las previsiones del Afghanistan Compact acordado en 2006 en Londres están lejos de cumplirse. Si no se quería tirar la toalla -impensable en la situación actual- era el momento de reconsiderar la estrategia a seguir y hacer un esfuerzo, que puede ser el último, para reconducir la situación. Así lo entendió el presidente Obama, que ha manifestado repetidamente que el objetivo prioritario, si no único, es evitar que Afganistán sea un peligro para los demás países, lo cual -al fin- simplifica bastante las cosas.

No se trata ya, por tanto, de liquidar a los talibanes, sino de liquidar -o al menos controlar- a los posibles terroristas yihadistas escondidos entre ellos. La confrontación con los talibanes dependerá así más del grado de su apoyo al terrorismo internacional que de su ideología política o religiosa.

Los atentados de Bali, Madrid y Londres, ejecutados en el momento más bajo del poder de los talibanes, indicaron claramente que la relación entre atentados internacionales y la existencia de un Afganistán talibán no era una condición imprescindible para que aquéllos se produjeran. Hay muchos otros refugios para los terroristas, principalmente en las áreas tribales de Pakistán, pero también en Yemen, Somalia, Sudan, el Sahel... Y hay varias redes de radicales yihadistas repartidas por el mundo, incluidos los países occidentales, conectadas entre sí de forma compleja y guiadas por unas directrices más o menos centralizadas, dispuestas a cometer actos terroristas.

Es cierto que quitarles un posible refugio no les facilita precisamente las cosas. Pero ni acabar con los talibanes en Afganistán va a acabar con los grupos terroristas internacionales yihadistas, ni dejar a los talibanes en paz tendría necesariamente que hacer más confortable la existencia a estos grupos, en el hipotético caso de que los talibanes se comprometieran fehacientemente a no prestarles apoyo.

La distinción entre Al Qaeda y los talibanes se ha abierto paso en los análisis occidentales hace relativamente poco tiempo. Pero puede ser la clave del éxito, como lo fue en Irak la separación entre los combatientes extranjeros y la resistencia suní.

Aunque es inexacto cobijar bajo el término talibán a todos los grupos armados que se oponen con acciones terroristas o militares al Gobierno de Kabul, e incluso dentro de los que consideramos propiamente talibanes hay tendencias muy distintas según los grupos, la mayoría de estos fanáticos religiosos son nacionalistas o más bien tribalistas, su intención no es destruir a la civilización occidental, o atentar en Nueva York, sino imponer en su región o en su país su ideología extremista. Su alianza con el yihadismo internacional, principalmente con lo que llamamos Al Qaeda, fue coyuntural, aunque ayudada desde luego por la ideología y favorecida sobre todo por la historia reciente desde la invasión soviética del país. Tal vez esta relación pueda ser revertida o, cuando menos, minimizada. Si la separación se produce, los talibanes no serían necesariamente nuestros enemigos, o por lo menos no más de lo que puedan serlo otras dictaduras u otros regímenes de radicalismo religioso.

Nuestro enemigo es el terrorismo internacional. Contra él tenemos derecho a defendernos. Pero no nos tenemos que defender necesariamente creando en Afganistán un régimen artificial cuya estabilidad es más que dudosa una vez que dejen el país las fuerzas internacionales, como tampoco podemos ocupar todos los países en los que los terroristas se refugian. La lucha contra el terrorismo yihadista tiene que estar basada en la inteligencia militar, en acciones selectivas de operaciones especiales o a distancia y en la colaboración local, que casi siempre puede conseguirse cuando hay algo que ofrecer a cambio. (...)

Publicado en El País el 17 de enero de 2010

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Comentarios - 1
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1 Aralquin | 07/07/10 11:48:20 Es decirno tienen claridad sobre lo que realmente estan haciendo los de la otan en afganistan juaaaaa!. aunque a decir verdad eso huele a petroleo y gas y la facilidad conque por alli se podria transportar esos combustibles tanto a europa como a china no?
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